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Raquel Rodrein · La Última Decisión

juan bonilla macias escritor

 

... para Lotti

© Raquel Rodrein, 2011
Inscrito en el Registro de Propiedad Intelectual. Reservados los derechos de autor. ©Raquel Rodrein 2011

El taxista me dejó a la entrada de la estación Bruxelles-Midi justo diez minutos antes de la hora prevista de salida. No esperé a que el conductor me diese el cambio y descendí del vehículo a velocidad de relámpago sin percatarme de que casi me llevo por delante a otra viajera que caminaba delante de mí. Me disculpé sin siquiera echar la vista atrás mientras la oía blasfemar en arameo. Me adentré en la abigarrada estación esquivando a todo aquel que se cruzaba en mi camino mientras tiraba de mi maleta y buscaba una pantalla que me indicase el andén al que dirigirme dado que mi billete no contenía esa información. No tuve necesidad de hacerlo porque enseguida divisé las familiares letras blancas sobre fondo rojizo del Thalys en el otro extremo de la terminal. Aceleré el paso porque la distancia era mayor de la que parecía a simple vista y las agujas del reloj no corrían precisamente a mi favor.

Me aseguré una vez más de que me metía en el tren correcto, el de las 17.40 Bruxelles Midi-Paris Nord, porque no era la primera vez que las prisas y mi habitual despiste me habían llevado al andén equivocado. Busqué mi vagón en primera clase, cortesía de mi editor, y me detuve en el pasillo atestado de viajeros mientras localizaba mi asiento y un maldito hueco donde dejar mi equipaje.

Como respuesta a mis plegarias apareció una azafata que a juzgar por el rictus de desesperación de mi rostro comprendió que no había logrado mi propósito. Dudé que me hubiese reconocido porque aunque mi tercer libro me había consolidado definitivamente como escritor, si algo había aprendido a lo largo de los años observando a la gente que me rodeaba era adivinar si me encontraba o no frente a un lector o lectora y mi sexto sentido me dijo que la joven que me ofrecía aquella estudiada sonrisa no estaba entre los que entraban en una librería en busca de uno de mis ejemplares.

-Permítame, señor. Si no es mucha molestia podríamos ponerlo en el siguiente vagón. Creo que hay espacio.

No me apetecía que mi equipaje viajase en un vagón diferente al mío. No es que llevase nada de valor pero era una manía. ¿De qué servía viajar en primera si los inconvenientes parecían ser los mismos?

-No se preocupe.Yo misma me encargaré de traerle su equipaje minutos antes de la llegada a la estación.

Me percaté de que desde la posición en la que estaba mi asiento, justo frente a la puerta, podía ver claramente la salida del otro vagón.

-No será necesario, gracias. Yo me haré cargo.

La acompañé y mientras ella me indicaba amablemente el hueco sobrante, por el rabillo del ojo vislumbré varios movimientos de cabeza en mi dirección. Lectores y mujeres. Siempre tendré la duda. Nunca sabré si mis libros se venden por la calidad de mis historias o por ese insospechado agraciado físico que al parecer he logrado alcanzar con la madurez o quizá con la satisfacción de haber logrado finalmente todo aquello que una vez soñé. Lancé una de mis afables sonrisas a la azafata y regresé a mi asiento.

Respiré hondo. Estaba agotado después de tres días de presentaciones en varias ciudades belgas y soñaba con llegar a casa, darme una ducha, prepararme una suculenta cena y meterme en la cama. Eran las ventajas de mi nuevo status de hombre soltero, ventajas que pensaba aprovechar al máximo antes de volver a implicarme en una nueva relación, cosa de la que huía pero en cuyas redes terminaría cayendo tarde o temprano. El Thalys comenzó a moverse. Volví a consultar mi reloj, regalo de mi ex mujer. 17.40 en punto. Cerré los ojos. Necesitaba dormir. No quería pensar en aquel rostro y aquellos ojos que dos tardes antes me habían hecho rememorar momentos de mi vida que ya formaban parte de un pasado lejano. No tardé en perderme en un ligero sueño que veinte minutos después se vio interrumpido por el habitual ruido de fondo que anunciaba que la cena iba a ser servida.

***

Soy una mujer previsora y siendo hora punta de viernes no me apetecía en absoluto tropezarme con los cientos de trabajadores que abandonaban sus puestos de trabajo para regresar a sus hogares en el metro, de modo que me despedí del resto de compañeros del curso al que me vi obligada a asistir durante tres días en Bruselas, pasé por mi hotel y puse rumbo a la estación. Llegué con tiempo suficiente para tomar un café y pasarme por una librería en busca del último libro de Henri Benoit. Soy de la vieja escuela, de esas que se pierden entre los estantes en busca de esos ejemplares de escritores y escritoras que no venden dos millones de ejemplares de una sola sentada. Me gusta darle la oportunidad a lo menos conocido. El proceso es siempre el mismo. Tanteo el libro entre mis manos, me dejo llevar por el título y la portada y posteriormente le doy la vuelta para leer la sinopsis. Si la sinopsis me atrapa me lo llevo. Pero esa vez fue diferente porque lo primero que me atrapó fue el innegable atractivo del escritor. Una preciosa fotografía en blanco y negro acompañaba al texto de la sinopsis. Ojos claros, sonrisa afectuosa, cabello cuidadosamente desordenado y vestigios de una sombra de barba salpicada de seductoras canas. No os mentiré si os digo que tuve que leer la sinopsis dos veces porque sin poder evitarlo mis ojos se desviaban de las letras hacia la fotografía. Había algo que no me cuadraba. Analicé los detalles de aquel rostro que se me antojaba tremendamente familiar y comprendí que aquel individuo era Benoit, pero no el Benoit escritor, sino Benoit, el compañero de la Sorbonne que yo recordaba. Inmediatamente abrí la contraportada para buscar algún dato relativo a su persona que aclarase mis dudas.

Henri Benoit, 1970. Se licenció en Derecho por la Universidad de la Sorbonne y ejerció como abogado durante doce años en París donde vive actualmente. El éxito de público y crítica de sus dos primeras obras, Última hora y Los perdedores lo han consolidado como uno de los grandes dentro del género del thriller contemporáneo.

No le habría reconocido ni en un millón de años de no ser porque yo fui...¿cómo lo diría para que me entendáis? Algo así como su primera chica. Si, no estoy bromeando. El Henri Benoit de la fotografía se alejaba mucho de la imagen que yo aún conservaba de él. Henri, de la promoción del 88/89. Benoit, el raro, el chico inseguro, retraído, indeciso y esquivo que huía de los estereotipos, alto, desgarbado y de flequillo imposible que no dejaba ver esos expresivos ojos escondidos tras unas gafas que parecían ser su blindaje frente al mundo. Y sí, yo…la irresistible, la rompecorazones Charlotte Moreau, que pude haber escogido en aquellos primeros años de entre una legión de apuestos admiradores me dejé arrastrar por el singular y a veces hasta excéntrico Henri Benoit. En principio no voy a negaros que todo comenzó como una apuesta, algo que estuve lamentando durante mucho tiempo. Recuerdo aquella conversación como si hubiese sucedido ayer. Un viernes lluvioso de primeros de abril en una cafetería de la Rue Soufflot. Él estaba sentado en una esquina, aparentemente abstraído mientras contemplaba el ir y venir de los peatones a través del cristal. De vez en cuando lo veíamos escribir algo en una libreta. Pocas veces alzaba la cabeza en nuestra dirección, temeroso quizá de verse obligado a entablar una conversación con unas desalmadas como nosotras que no dejábamos títere sin cabeza.

-Imagínatelo sin esas gafas horribles y con otro corte de pelo. Os digo que tenemos un diamante en bruto delante de nuestras narices y no nos estamos dando cuenta-dije mientras dibujaba en mi mente la imagen que yo había comenzado a diseñar por aquel entonces y que descubriría quince años más tarde en todo su esplendor.

-Es un bicho raro, mejor no intentarlo-aclaró Noelle-.Aunque no te engaño si te confieso que más de una vez me he preguntado cómo será bajo esos pantalones enormes y esos chalecos de dos tallas por encima de la suya.

-Eso es una tarea imposible-añadió Lucie.

-Me atrae lo imposible.

-No, Charlotte, a ti lo que te atraen son los problemas.

-Todo el mundo merece una oportunidad.

-¿Oportunidad? ¿Vas a hacer su fantasía realidad? Estoy segura de que se encierra en el cuarto de baño de su casa para pensar en ti. Será la obra humanitaria del año-rió Noelle.
-Sois malvadas-me quejé mientras desviaba mis ojos hacia la mustia estampa de Henri que en aquel preciso instante alzaba despistado la vista hacia nosotras. Bueno, en realidad la dirigió hacia mí, pero la apartó inmediatamente-.Me lo tomaré como un desafío.

Noelle y Lucie me miraron estupefactas.

-No eres capaz-me increparon las dos al unísono.

-Ponedme un plazo.

-Es capaz-reiteró Lucie, aún asombrada por mi evidente interés en comprometerme con semejante iniciativa.

-Llegarás hasta el final y tenemos que ver con nuestros propios ojos el cambio-sentenció Lucie-.Un mes. Trescientos francos.

-¿Un mes?-Noelle dejó escapar una carcajada que tuvo que controlar para no levantar sospechas-.El pobre caerá rendido a tus pies en menos de cuarenta y ocho horas.

-No me habéis entendido-aclaró Lucie-.Me refiero a que tienes que aguantar un mes con él.

-Demasiado tiempo. No lo soportarás-insistió Noelle.

-Es pan comido.

-No cantes victoria-Lucie me miró fijamente con semblante serio-.Esto es un juego que puede convertirse en un arma de doble filo.

-¿Crees que me voy a encapricharme de mi reto?

-Solo te digo que no habrá lugar a prórroga.

Habían transcurrido más de tres años desde que hice aquel descubrimiento, dieciocho desde aquella tarde en la cafetería. Ahora me hallaba frente a una torre de ejemplares de su tercera novela, El acuerdo, la cual había presentado en la librería Tropismes de Bruselas. La tarde anterior paseaba por la Galerie des Princes cuando me tropecé con aquella inesperada sorpresa anunciada en grandes carteles que publicitaban su favorecido rostro y la llamativa portada de su libro. No tenía noticias de que estuviese en la capital belga. A través de los cristales pude observar el ambiente ajetreado que se respiraba en el interior de la grandiosa librería y me hizo feliz ver que el lugar estaba desbordado de seguidores de Henri que hacían una interminable cola para que les firmase su ejemplar. No logré verle a él, así que no me lo pensé y entré decidida a llevarme uno pero la gente que aguardaba haciendo cola frente a las cajas era aún mayor y no iba con tiempo suficiente, de modo que cambie de opinión. Sin embargo algo inexplicable me retenía allí y no pude abandonar la librería sin intentar verle de cerca. Pese a la multitud de asistentes al evento traté de alcanzar una posición desde la que poder contemplarlo. Vestía una camisa blanca sin corbata y una americana azul oscura. Estaba inclinado sobre la mesa mientras garabateaba una rápida dedicatoria. Me invadió una extraña sensación de orgullo, viéndole allí sonriente, satisfecho, relajado y con ese resplandor que iluminaba cada rasgo de sus facciones. Un individuo se le acercó por detrás para decirle algo al oído y Henri alzó la cabeza en mi dirección. El individuo señaló a alguien que estaba detrás de mí y fue justo en ese preciso instante cuando me quedé paralizada y no os miento si os digo que dudé que el aire pudiese llegar a mis pulmones. Sus ojos disimularon en vano la inesperada sorpresa pero la duda le hizo desviar de forma inmediata su atención hacia la persona que en realidad era el objetivo de su búsqueda. La pareja que tenía tras de mí trataba de buscar un hueco para acercarse hacia donde ambos estaban. Me hice a un lado pese al reducido espacio para abrirles paso perdiendo de aquella forma el fugaz contacto visual mantenido con Henri. ¿Me había reconocido?

Una extraña sensación de vacío se apoderó de mi estómago y os aseguro que no tenía ni pizca de hambre. Decidí marcharme. Me giré una vez más y cuál fue mi sorpresa cuando le descubrí recorriendo con la vista el área donde un minuto antes nos habíamos visto. Sus ojos grisáceos volvieron a tropezarse con los míos mientras yo me precipitaba hasta la puerta de salida.

-Son 20 euros-repitió el chico que estaba tras la caja registradora de la librería de la estación.

Desperté de mis recuerdos. Pagué el importe con tarjeta y salí de allí. Me detuve en una cafetería para meter mi compra dentro de la maleta y sacar el libro de otro autor que aún no había finalizado para leer en el tren. Antes de guardarlo volví a contemplar su imagen en el reverso.

***

El tren hacía su entrada en la Gare du Nord a las 19.00 horas, cinco minutos antes de la hora prevista de llegada. Me levanté de mi asiento y pasé al vagón contiguo con objeto de recuperar mi maleta antes de que todo el mundo decidiese hacer lo mismo. Me aseguré de que llevaba la pegatina que le distinguía del resto de equipajes, todos prácticamente iguales. Maldita globalización. Ese pequeño detalle me llevó a recordar nuevamente a Charlotte mientras arrastraba mi maleta al exterior. Recuerdo el fin de semana que pasé con ella en la primavera del 89 en Chantilly. En su bolsa de equipaje había depositado una enorme pegatina de color rojo para diferenciarla del resto.

-¿Por qué lo haces?-le pregunté yo con curiosidad mientras ambos bajábamos en nuestra parada.

-Alguien se llevó mi equipaje una vez por equivocación

-¿Y lo recuperaste?

-Sí. Aunque estoy segura de que quien se lo llevó era del sexo opuesto a juzgar por el desorden de mi ropa interior.

Me dedicó una sugerente sonrisa en respuesta a la mirada que le lancé que mostraba de forma descarada mis lujuriosos pensamientos.

Años después yo había adoptado ese mismo hábito a raíz de un hecho similar con el equipaje de un amigo mío. Tomé la salida que conducía a la hilera de taxis y esperé mi turno. Volví a conectar el móvil. Tenía varias llamadas perdidas que devolví mientras el taxista me conducía hasta la Rue Saint Paul. Cualquier cosa con tal de mantener la mente ocupada y no pensar en la súbita reaparición de Charlotte en la librería de Bruselas.

***

El Thalys ya se había detenido en la estación. Salí del servicio y volví a tomar asiento mientras esperaba pacientemente a que los viajeros de mi vagón despejasen el angosto pasillo para poder acceder a mi equipaje. Juraría haber colocado mi maleta en la parte derecha del estante, sin embargo me la encontré en posición distinta. Supuse que otros viajeros la habían movido para sacar las suyas del hueco. Me aseguré de que era una Samsonite y de que llevaba mi pegatina roja distintiva que me pareció más gastada de lo normal. En ese instante no pensé que a alguien se le pudiese haber ocurrido poner el mismo distintivo que yo. Me sonó el móvil mientras me planteaba semejante cuestión. Respondí. Era mi hermana Héléne que había venido a recogerme. Me llamaba para indicarme donde me esperaba con el coche.

-¿Qué tal?-me preguntó mientras metíamos mi equipaje en el maletero y subíamos al vehículo.

-Deseando llegar a casa cuanto antes. Estoy realmente agotada.

-¿Has visto a Henri Benoit?

-Lo vi en una librería de Bruselas presentando su nuevo libro, pero estaba abarrotado de gente y desistí.

-No. Me refiero a si lo has visto ahora. Ha salido de la estación justo cinco minutos antes que tú. Lo he visto mientras esperaba en la cola de los taxis. Seguro que venía también en el Thalys-me aclaró mi hermana mientras arrancaba.

Algo en mi interior se agitó de forma alarmante. No podía quitarme de la cabeza ese brevísimo reencuentro visual que había dejado en mí una estela de sentimientos confusos. El mero hecho de pensar que lo que nos había separado durante un trayecto de menos de dos horas eran uno o varios vagones me sobrecogió. Era como si de repente todo girase en torno a él.

-Es probable, pero no hemos coincidido. A propósito, ¿qué tal la fiesta de cumpleaños de Joyce?-pregunté desviando el tema de conversación. Cualquier cosa con tal de no pensar en Henry.

Eché un vistazo al contestador después de salir de la ducha. Ninguna llamada interesante que ya no hubiese respondido a través del móvil. Ya había dejado claro que pese a que era noche de viernes necesitaba descansar. Me senté al filo de la cama para abrir la maleta y sacar mi Mac. Le di la vuelta para deslizar la combinación de números. Un momento, aquella maleta…

-No es posible.

La maleta que tenía ante mí era exactamente igual que la mía, la misma estúpida pegatina roja en el mismo lugar…bueno…ahora me percataba de que no estaba exactamente en el mismo lugar. Todo prácticamente igual salvo un pequeño detalle. El modelo se abría al modo que yo consideraba antiguo, con cremallera y no con una combinación numérica. ¿Cómo no me había dado cuenta? ¿Se podía ser más imbécil? No, yo creo que no. Era tal mi grado de indignación que salí disparado de mi habitación en dirección al vestíbulo. Abrí el armario y rebusqué en los bolsillos de mi abrigo hasta que di con el resguardo del billete. Busqué el maldito número de atención al cliente y me dirigí al salón. La operadora tardó en responder y resoplé hastiado mientras me veía obligado a esperar a que terminase la interminable frase de saludo, identificación y ofrecimiento a prestarme su ayuda, aunque siendo la hora que era dudaba mucho que pudiese resolver mi problema.

***

Maldije a todos mis antepasados, al maldito Thalys y todos sus pasajeros. Pregoné al estúpido que se había llevado mi maleta. ¿Acaso el muy idiota no había visto el distintivo? ¿Es que la gente ya no sabía distinguir sus pertenencias? Todo eso contando con la posibilidad de que se tratase de un error porque igual se trataba de un robo, lo cual sería algo realmente patético. Nadie lleva dinero ni cosas de valor en las maletas, pero sí cosas que me hacían falta en aquel preciso instante. Lo peor de todo es que quien quiera que fuese tendría el campo despejado para curiosear el interior de mi equipaje cosa que yo no podía hacer. Para colmo ni siquiera estaba en igualdad de condiciones. Mi grado de irritación iba en aumento mientras esperaba a que alguien se dignara a responder a mi llamada después de haber localizado el número de la estación.

***

Dejé mis datos a la operadora y un número de contacto. Regresé a mi habitación para sacar la maleta de allí y dejarla en el vestíbulo pero algo que aún no alcanzo a comprender me hizo cambiar de opinión. Es como si ese maldito armatoste que no me pertenecía me estuviese enviando un mensaje que me consideraba incapaz de descifrar. No os voy a venir ahora con el cuento de que escuché una voz interior que me decía: Vamos, ábrela porque lo estás deseando. No. No sucedió de esa manera. Sencillamente fue como si una fuerza oculta e inexplicable tirase de mí.

-No, Henri. No es buena idea-me repetí una y otra vez en voz alta tratando de convencerme a mí mismo-.No lo hagas

Pues bien. Lo hice.

-En efecto. Ha dejado un número de contacto-me decía la operadora mientras agradecía al sujeto que tenía mi equipaje en su poder su rápida intervención, lo que demostraba que era una persona seria-.Tome nota del número por favor.

Apunté el teléfono. Era un móvil.

-¿Y el nombre?

-Henri Benoit.

Me quedé petrificada.

-Le agradecería que me dejase su número por si el señor Benoit vuelve a telefonear.

No podía tratarse del mismo Henri que yo pensaba. Mi hermana Héléne lo había visto salir de la estación en busca de un taxi. Había estado en Bruselas. Era evidente que había viajado en el Thalys al igual que ella, pero si así había sido ¿dónde demonios había estado sentado? Era más que evidente que la maleta estaba en mi vagón pero él no.

-¿Señora Moreau?

Igual se había pasado todo el trayecto sentado en el bar. No ibamos a tener los dos la misma maleta aunque era evidente que con diferentes extras. La suya era más cara que la mía y lo de la pegatina…no me puedo creer que él también…

-Disculpe, señora Moreau ¿sigue usted ahí?

Puse fin a mis divagaciones. Odio que me llamen señora.

-Si, perdone. No será necesario. Contactaré con él

-Pero…

No la dejé terminar y corté la llamada. Permanecí unos minutos en el más absoluto de los silencios con la vista puesta en su equipaje de imposible apertura mientras trataba de encontrarle sentido a toda aquella cadena de acontecimientos. Tenía el número de su móvil. ¿Qué iba a decirle? Hola Henri. Soy yo, Charlotte. Charlotte Moreau, la misma que te rompió el corazón hace dieciocho años. Tengo tu maleta. Me he comprado todos tus libros. He estado a punto de contactar contigo en tu página web, pero nunca me he atrevido a hacerlo. Bueno, te confieso que quise hacerlo mucho antes de que te convirtieras en un escritor de éxito, pero me enteré de que te habías casado y no me pareció muy buena idea. Ya ves la de vueltas que da la vida. Una estúpida maleta es la que nos ha puesto en contacto después de tantos años.

Comencé a teclear su número con dedos temblorosos. Respiré hondo. A la tercera llamada salió el buzón de voz. Maldito idiota. ¿Por qué no estaba pendiente del teléfono? Le dejé un mensaje.

-Hola. Mi nombre es Charlotte. Creo que ambos nos hemos llevado la maleta incorrecta. Puedes contactar conmigo en este número. Gracias.

Colgué y esperé unos minutos por si no le había dado tiempo a responder, pero no sucedió nada. Prefería no pensar. Prefería no imaginar que lo más probable era que Henri estuviese plenamente concentrado fisgoneando en mi equipaje.

***

Estaba frente a la maleta de Charlotte. Por supuesto ya estaba abierta. Aún sostenía en mi mano derecha un ejemplar de El acuerdo. Si no hubiese dejado el recibo pagado con tarjeta dentro no habría averiguado que pe rtenecía a ella. Sentí que todo se movía a mi alrededor. ¿Cómo podía haberme sucedido algo semejante? Parecía que las fuerzas del universo se estaban tomando muchas molestias para que ambos volviéramos a encontrarnos, desplazándonos a su antojo sobre el tablero de la vida, planeando la jugada hasta llegar al momento perfecto.

No pude evitarlo. No pude evitar dejarme arrastrar por los innumerables recuerdos. Habían transcurrido casi dieciocho años desde aquella tarde en aquel café. ¿Cómo olvidarlo? Un chico como yo no podría olvidar jamás como una de las chicas más bonitas de mi clase se tomaba la molestia de interesarse por mí. Sus amigas se habían marchado y ella se había quedado sola en la mesa. No paraba de mirarme y quise que la tierra me tragase cuando vi como se ponía en pie y se dirigía hacia mí. Me sentía totalmente cohibido.

-¿Qué escribes?

De forma instantánea cerré mi cuaderno.

-Nada-respondí cortante.

-¿Y qué tal el examen?

-No fue mal del todo.

-¿Piensas encerrarte en casa? ¿No te apetece venir a tomar algo?

-No, gracias.

-Venga, Henri.

-Charlotte, no me lo tomes a mal, pero no estoy en la onda de tu grupo de amigos.

-No hace falta que lo digas.

Le lancé una mirada reprobadora.

-Tú y yo. Nadie más.

Permanecí en silencio.

-¿Tú y yo?

Ella asintió.

-¿Quieres salir conmigo? ¿A…a solas?-logré decir.

Volvió a mover la cabeza en gesto afirmativo. Yo miré de un lado para otro, como para asegurarme que no había nadie contemplando la surrealista escena que estaba viviendo. Nadie pareció haberse percatado de mi presencia, de modo que eso me tranquilizó porque era a lo que estaba acostumbrado.

-Una mujer se moriría esperando tu respuesta.

Yo traté de buscar una frase que sonase inteligente.

-Ya estamos a solas. ¿Qué es lo que quieres?

-Conocer al verdadero Henri.

-Ya me conoces.

Ella negó con la cabeza lentamente. Extendió su brazo hacia mí y su mano rozó mi mejilla. Sus dedos se deslizaron por detrás de mi oreja y con cuidado retiró mis gafas.

-¿Qué pretendes?-conseguí decir.

No olvidaré jamás sus labios curvándose en aquella enigmática sonrisa. Si alguna vez tuve la duda, con ese simple gesto ella las hizo desaparecer todas de un plumazo. Ese día supe que estaba irremediablemente enamorado de Charlotte Moreau.

***

Volví a comprobar mi móvil. Seguía sin devolverme la llamada. ¿Qué estaría pasando por su cabeza en aquel momento? No quise dejarme llevar por los recuerdos pero ¿quién no lo haría en mi situación? Apuesto a que él estaba haciendo exactamente lo mismo.

Estuvimos charlando en aquella cafetería durante horas. Henri demostró mi teoría de que, efectivamente, no le conocía. Conforme pasaban los minutos iba descubriendo facetas de él que jamás había imaginado. Me olvidé por completo de la conversación mantenida con Lucie y Noelle, ese estúpido juego que yo misma había comenzado. No se me ocurrió pensar en la advertencia de Lucie. Me dejé llevar creyendo que se trataría de una mera conquista, otra pequeña victoria para enriquecer mi pretencioso ego, pero nada salió como yo esperaba. Jamás había dedicado más de diez minutos seguidos de mi valioso tiempo para conversar con Henri, sin embargo aquellas dos horas en el café Soufflot fueron suficientes para saber que el indiferente, simple y aparentemente abstraído Henri Benoit, era aún mucho más complejo de lo que había imaginado. Yo, que me creía dueña de la situación, terminé perdiendo las riendas cuando nos íbamos a despedir frente a la entrada del metro.

-¿Quieres que nos veamos mañana?-me preguntó, habiendo abandonado de forma repentina esa incuestionable timidez que había logrado ocultar durante nuestra tertulia en el café. Soltó la frase con rapidez, como si no quisiera darse a él mismo la oportunidad de dar un paso atrás en ese milagroso acercamiento que había logrado conmigo.

Yo me quedé en blanco, sin saber qué decir. No sé cómo explicaros esto. No es que no estuviera acostumbrada al hecho de que un chico quisiese volver a quedar conmigo. Sabía el esfuerzo sobrehumano que había hecho Henri al hacerme semejante petición. Lo adiviné solo con ver ese leve movimiento de la nuez en su garganta. Lo adiviné por aquellos ojos grisáceos y herméticos que me atravesaron de una forma conmovedora a través del cristal de sus gafas. Él interpretó mi súbito silencio como una negativa.

-De acuerdo. Supongo que ya has hecho demasiado por hoy.

No os voy a negar que también aquella reacción por su parte me sorprendió. El tono de su frase no era en absoluto de despecho, al contrario. Había un deje de ironía que me pilló desprevenida y por un momento dudé de él. ¿Había estado fingiendo? ¿Cuándo era el Henri inseguro y apocado y cuándo el Henri lanzado y resuelto? En ese mismo instante un grupo de chavales pasó por mi lado a tal velocidad en dirección a las escaleras del metro que casi me arrastran con ellos. Henri reaccionó con rapidez para no hacerme caer y me sujetó con fuerza entre sus brazos mientras los increpaba por su falta de modales. La proximidad de nuestros cuerpos durante aquellos escasos segundos me hizo aguantar la respiración. Noté la tensa textura de su musculatura lo que me llevó a reafirmar mi teoría de que bajo aquellas anodinas prendas se escondía un Henri perfectamente formado. Aparté los ojos en un gesto reflejo huyendo de sus escrutadores ojos y él me liberó de su efímero abrazo.

-Gracias-conseguí decir mientras trataba de recomponerme de mis confusos pensamientos.

Él no dijo nada

-Tengo que marcharme. Gracias, fue estupendo charlar contigo.-Hablé atropelladamente y me escabullí escaleras abajo sin decir nada más. En el cuarto escalón me detuve y volví a subir. Él no se había movido de su lugar. No pude evitarlo. Lo hice. Me puse de puntillas y le planté un fugaz beso en los labios.

-Mañana a las siete de la tarde. Te espero en el metro de la Bastilla, salida de Rue La Roquette.

***

Mi móvil emitió un pitido. Alguien me había dejado un mensaje. Pensé inmediatamente que podía tratarse de ella. Estúpido de mí. Olvide sacar el móvil de mi habitación. En aquella zona de mi apartamento no solía tener cobertura. La pantalla me avisaba de un mensaje de voz. Era ella. Me quedé paralizado sin saber qué hacer. Me inundó la misma sensación que me había invadido aquella tarde al despedirme de ella en la estación de metro Luxembourg. Ese inesperado beso y esta cita improvisada que me abría unas posibilidades hasta entonces inimaginables para mí. Esa noche no me pude concentrar en nada, apenas hablé con Alain, mi compañero de cuarto y no logré pegar ojo. No le comenté nada porque sabía que no me creería. Por primera vez en mi vida me planteé rebuscar en mi armario en busca de algo que me hiciese ir acorde con Charlotte. No lo encontré, de modo que con el permiso de Alain rebusqué en el suyo y me hice con un suéter azul. Yo recuperé unos antiguos tejanos y con eso y algo de abrigo me lancé a la calle para acudir a mi cita. Ella llegó con diez minutos de retraso, los diez minutos más largos de mi vida. No noté nada en su expresión que me indicase que aprobaba mi nueva indumentaria. Después de haber comido unas pizzas y tras haber compartido varias cervezas, me atreví a darle un beso a la salida del pub, cosa que no había hecho jamás. Supongo que al no estar acostumbrado a beber alcohol, el casi litro y medio de cerveza que me había bebido me ayudó bastante a tomar la iniciativa. Bueno, me explico, sí que lo había hecho pero había sido con chicas que nada tenían que ver con Charlotte. Chicas mucho menos decididas y que no llegaban más allá al igual que yo. Si, tenía 19 años y aún no había llegado hasta el final.

El beso fue torpe, no por su parte, más bien por la mía. Me sentí ridículo pero ella no se mostró ofendida y se limitó a sonreírme cuando se apartó.
-Lo siento-me disculpé avergonzado.

Ella enlazó sus manos alrededor de mi cuello.

-Volvamos a intentarlo-me rogó con una sonrisa que me hizo perder la cordura.

Sentí la dulzura de su boca sobre la mía como una ofrenda. Yo quise ir deprisa, quise saborearla, ahondar en aquel rincón desconocido para mí, pero ella presionó con suavidad deslizando sus dedos sobre mi nuca, pidiéndome de esa manera que fuésemos despacio. No se tomó ninguna prisa y yo me adapté a su ritmo, comprendiendo que no era yo quien marcaba las pautas. Era ella quien me estaba enseñando a gozar, a percibir todos y cada uno de los sentidos, a recrearse en algo tan simple y la vez tan intenso como un beso. Puedo decir con absoluta seguridad que Charlotte Moreau me enseñó muchas cosas aquella noche y una de ellas fue como besar a alguien como si se te fuese la vida en ello.

-Mis padres no están en casa-murmuró a un centímetro de mis labios con voz entrecortada.

Yo tuve que tomar aire pero no fui capaz de decir nada porque todavía estaba tratando de recuperarme de los efectos del beso más embriagador de mi vida. Todavía no podía creer que me estuviese sucediendo algo semejante. Aquello era el mundo al revés, se supone que las cosas no eran así. Es el chico quien se lleva la chica a la cama y no al contrario.

-¿Por qué yo, Charlotte? No soy lo que esperas

-No espero nada de ti- me respondió mientras sentía una de sus manos deslizarse sobre mi abdomen bajo mi suéter.

No supe cómo tomarme esa respuesta. Lo único que os garantizo es que no me tranquilizó. No tardé en darme cuenta de que a Charlotte en aquel momento lo que menos le interesaba era mi vestuario. Comprendí que estaba más interesada en ver lo que había debajo. Cerré los ojos y me encomendé a todos los dioses y santos conocidos para que la primera experiencia sexual de mi vida no me dejase en evidencia.

***

¿Por qué no me devolvía la llamada? Aquella larga espera me estaba sumiendo en un ataque de nervios. ¿Y si ahora quería vengarse de mí después de lo que le hice? ¿Y si ahora pretendía tenerme a la espera durante varios días con la sola idea de fastidiarme? Mis plegarias fueron escuchadas. Recibí un mensaje de texto que me dejó perpleja.

¿Es muy precipitado quedar a las
21.30 para intercambiarnos los
equipajes? ¿Café Soufflot?

Café Soufflot. El mismo lugar en el que comencé mi arriesgado juego. Un juego en el que yo misma había caído pese a las advertencias de Lucie. Me he preguntado muchas veces cómo calificar aquella noche y las que le sucedieron. Momentos llenos de caprichosas incongruencias. Fue paradójico el hecho de que la primera velada que pasamos juntos fuese una de las más excitantes de mi vida. No me considero una persona promiscua, nunca lo fui. Los hombres que han pasado por mi cama pueden contarse con los dedos de una mano y os aseguro que incluso sobrarían, pero la aparente inexperiencia de Henri me hizo sentirme la mujer más afortunada sobre la faz de la tierra porque en ningún momento pensó en su propia satisfacción. Centró todos y cada uno de sus sentidos en mí. En esa ocasión fui yo quien quise ir deprisa pero él se demoró en cada caricia y en cada beso rogándome paciencia. Quería experimentar, descubrir lo que sus manos, su boca y su cuerpo podían llegar a provocar en el mío. Me arrastró a una vorágine de sensaciones que jamás creí que existieran. Henri no solo se desnudó ante mí mostrándose como una escultura propia del mismísimo Miguel Ángel, desnudó su alma y se expuso en su totalidad aún sabiendo desde lo más profundo de su corazón el riesgo que ello conllevaba.

Mis padres regresaron de Eygalières al día siguiente por la noche. Durante todo el domingo no me atreví a responder al teléfono temiendo que fuese él. No quería verle porque no quería reconocer delante de todo el mundo que algo había cambiado. No hizo falta hacerlo. Fingí un terrible resfriado y un cansancio producido por la astenia primaveral. No aparecí por clase, pero Noelle si apareció por casa para preguntarme qué demonios había sucedido.

-¿A qué te refieres?-le pregunté olvidándome por un instante de mi supuesto malestar.

-Benoit, por Dios. Ha aparecido afeitado y con un nuevo corte de pelo aunque no se puede decir que Armani haya entrado en su armario.

-¿Ha preguntado por mí?

-No lo ha hecho. No es tan tonto como parece.

Yo guardé silencio.

-¿Sucedió lo que me imagino?

Yo asentí agachando la cabeza.

-Y fue tal desastre que no te atreves ni a mirarlo a la cara y menos aún que te vean con él.

-Fue fabuloso.

-¿Cuántas veces?

-Dos.

-Vaya con Benoit “el raro”. ¿Es como imaginabas?

-Es muchísimo mejor. Tengo que parar esto, Noelle.

-Lo siento. Conoces a Lucie. Ya te avisó.

-No te equivoques. No me he encaprichado de él. No quiero hacerle daño.

-¿Daño? Por Dios, Charlotte…si tendría que besar el suelo que pisas

-Basta. Esto se ha acabado-concluí.

Pero no acabó. Henri se presentó en mi casa el viernes con la excusa de traerme los apuntes a petición de Noelle y para ayudarme con las prácticas de derecho penal a las que no había querido asistir. Nos metimos en mi habitación y teniendo en cuenta que estaba bajo el mismo techo que mis padres, solo se limitó a darme un fugaz beso en los labios que me dejó fuera de órbita. No hicimos alusión a mi ausencia de clase durante la semana, ni a lo sucedido el fin de semana anterior. Se marchó dos horas después, no sin antes darme el número de teléfono de su residencia. Durante las restantes dos semanas nos eludíamos sin razón aparente hasta que ninguno de los dos pudimos soportarlo más.

-¿Tienes planes para este fin de semana?-me preguntó a la salida de clase con gesto nervioso e impaciente.

-No.

-Mis padres tienen un abono que les quedaba canjeable de una agencia de viajes para una reserva en un B&B de Chantilly. Hay que gastarla antes de fin de mes y dado que nadie va a utilizarla me gustaría…me gustaría que fuésemos juntos.

Tardé en responder y no porque no me agradase la oferta. El mero pensamiento de disfrutar de él durante todo el fin de semana era lo que más deseaba pero era lo que menos me convenía en aquel instante en el que estaba a punto de ganar trescientos francos.

-De esa forma podremos hablar de la razón por la que me has estado evitando durante todo este tiempo.

-Henri, por favor, no quiero que pienses que…

No pude acabar la frase porque él se inclinó sobre mí, me agarró por la nuca y a la vista de todo el mundo me besó.

-¿Te recojo en casa mañana para irnos juntos a la estación? Te espero abajo a las diez.

-De acuerdo-conseguí decir aún asombrada por su actitud.

Él se marchó y después de aquel fin de semana que pudo haber sido el comienzo de una preciosa historia yo lo arruiné todo por una simple apuesta que quise romper cuando ya era demasiado tarde.

Tecleé un mensaje en respuesta al suyo. No estaba preparaba para oír su voz al igual que él tampoco lo estaba. Consulté la hora. Eran más de las ocho y media. Tenía el tiempo justo.

De acuerdo. Allí estaré.

***

Eran las 21.35 cuando bajaba del taxi frente al café en el que habíamos quedado. La terraza registraba un lleno completo. Lo busqué pero no lo encontré así que entré en el local. Lo hallé sentado frente a una de las mesas situadas bajo las estanterías llenas de libros mientras charlaba con una pareja. Instintivamente, como si hubiese captado mi presencia, giró su cabeza en mi dirección.

***

Allí estaba sorteando las mesas del local tirando de mi maleta. Se detuvo cuando yo le descubrí. Me despedí de unos vecinos de la zona que me encontré en la cafetería y volví a centrar la mirada en ella. No supe cómo reaccionar pero se me olvidó el tiempo que había transcurrido. No fui consciente de que habíamos vivido dieciocho años separados sin volver a tener noticias jamás el uno del otro. El padre de Charlotte obtuvo una cátedra por la Universidad de Montpellier y toda la familia se trasladó a finales del mes de mayo del 89. Ella trató de despedirse de mí pero yo me negué a verla y pese a que dejó una nota al conserje con su nueva dirección, yo la rompí y la arrojé a la papelera.

La rabia me consumía desde que la había sorprendido aquella mañana a última hora cuando las aulas habían quedado desiertas. Fui en su busca pero las risas de sus amigas mientras pronunciaban mi nombre me obligaron a detenerme al lado de la puerta sin ser visto.

-Creo que deberías ser tú quien me devolviese los trescientos francos. Después de todo Benoit “el raro” no ha resultado ser tan raro…

-Deberíamos haber aumentado la apuesta y haberla obligado a grabar un video para verificar esa teoría de que bajo sus ridículos atuendos de hippie pasado de moda existe semejante cuerpo y atributos. Menudas pintas.

-No tiene gracia-le oí decir a ella mientras yo trataba de controlar el ataque de furia que me comenzaba a invadir.

-Menos mal que no te di más de un mes. Habrías terminado enamorándote y lo habrías echado todo por la borda-era Lucie quien le hablaba-.Ya te dije que no era buena idea. Solo te atraen los tipos con problemas.

-Henri no tiene ningún problema. Es mucho más inteligente que cualquiera de los estúpidos con los que habéis salido vosotras.

Respiré hondo mientras la oía defenderme pero aun así la mera idea de pensar que…

-Tómate tu fin de semana en el campo como el regalo de despedida. Se le pasará, tú le has abierto al mundo. Encima te lo tendría que agradecer.

Si hubiese podido habría entrado en aquel instante para decirle cuatro cosas a esa cursi de Noelle.

-¿Le has dicho ya que esto ha terminado?-oí preguntar a Lucie.

-Aún no. Quizá lo haga esta noche.

-¿Quizá?

Se produjo un silencio preocupante que me hizo bajar la guardia. Después escuché un golpe seco sobre la mesa.

-Pero ¿qué haces?-preguntó alguna de ellas.

-Basta. No puedo seguir con esto. Ha sido un error.

Esas fueron las últimas palabras que dijo antes de salir corriendo y pillarme in fraganti frente a la puerta. Vi algo extraño en sus ojos pero yo estaba tan cegado por la ira ante la humillante traición a la que me había sometido que no interpreté ese repentino fulgor como lo que era. El anuncio de unas lágrimas de remordimiento por su imperdonable actitud.

-Henri, lo siento…yo …

-No hace falta que digas nada. Lo habéis dejado todo muy claro. No sabía que se le pudiese poner precio a los sentimientos. Te he salido muy barato.

Me marché de allí, aguantando el tipo lo mejor que pude y no eché la vista atrás pese a que ella salió corriendo detrás de mí y me alcanzó.

-Perdóname, Henri.

Yo me detuve para mirarla una vez más.

-Llegué a creer que eras diferente pero me equivoqué.

Después de aquel día jamás volví a verla hasta ese instante. Yo me licencié en la Sorbonne y ella probablemente continuó con sus estudios en la Universidad de Montpellier. La verdad es que nunca me planteé el tratar de localizarla e incluso ahora que tan fácil resultaba encontrar a viejos compañeros del colegio y universidad gracias a las redes sociales tampoco lo había hecho. No os voy a negar que muchas veces a lo largo de mi vida me he preguntado qué habría sido de ella. Dieciocho años es un periodo lo suficientemente largo como para hacerse preguntas en relación a aquellas personas que de alguna forma han marcado un antes y un después en nuestras vidas y os puedo decir que Charlotte había sido una de esas personas.

Yo permanecí de pie. Ella levantó la mano tímidamente mientras se acercaba hasta donde yo estaba. ¿Qué se supone que debes decirle a la primera mujer de la que te enamoras cuando solo eres un chaval y con la que vuelves a encontrarte después de tantos años? ¿Estaría casada, divorciada? ¿Tendría hijos? ¿A qué se debía su estancia en Bruselas?

-Hola-fue lo más ingenioso que se me ocurrió decir.

-Hola-respondió ella con una sonrisa contenida.

Los dos nos miramos fijamente durante unos segundos sin saber cómo romper el hielo.

-Menuda forma de…-comenzamos a decir los dos al unísono.

Después se nos escapó una risa descontrolada. Yo retiré una silla para que colocase mi maleta en el hueco que había dejado junto a la suya y acerqué otra para que ella tomase asiento. Hice una rápida seña al camarero y se acercó a nuestra mesa.

***

-¿Has cenado? -me preguntó.

-No. Gracias. No tengo hambre-le respondí yo tratando de recuperarme aún de la impresión de tenerlo delante. Estaba nerviosa, muy nerviosa, sin embargo él rezumaba seguridad por los cuatro costados. Era él quien llevaba el control de la situación.

-Estás muy delgada. Mucho más que la última vez. No me gusta comer solo y menos aún teniendo a una mujer delante.

-No quisiera entretenerte demasiado. Seguro que tienes cosas mejores que hacer antes que cenar un viernes por la noche con una antigua…

-Un croque provençal con doble de queso y para mí el savoyard-le dijo al camarero que ya estaba frente a nosotros preparado para apuntar la comanda. Después fijó la vista en mí, como para asegurarse de que el croque provençal con doble de queso seguía siendo mi favorito. No podía creer que aún se acordase de lo que cenamos aquella primera tarde que estuvimos en ese mismo café-.¿Te sigue gustando la ensalada de aguacate y gambas?

Yo asentí, aún asombrada de su prodigiosa memoria.

-Bien, compartiremos la ensalada, Fabrice y trae también un par de cervezas. La del mes.

-Marchando la cerveza ahora mismo-exclamó el simpático Fabrice.

Nos quedamos de nuevo en silencio. Yo me sentí como una estúpida. No conseguía apartar los ojos de él.

-Menuda tontería…lo de la pegatina. Nunca imaginé que terminarías adoptando la misma manía que yo.

Él sonrió. Tardó en pronunciarse y me dio la sensación de que estaba eligiendo con cuidado las palabras.

-Me alegro de haberla adoptado y me alegro de que leas mis libros. Siento haber fisgoneado en tu equipaje…no pude evitarlo. El recibo de la tarjeta con tu nombre y la misma bufanda de color verde que llevabas en Bruselas…lo he tenido fácil.

Me gustó que dijese aquello. Demasiado quizá. Tendría que andarme con cuidado. Hay hombres que nunca olvidan y Henri era uno de ellos. Podía estar planeando una especie de venganza. Si quería castigarme engatusándome con sus armas de escritor seductor estaba en todo su derecho.

-Descuida, yo habría hecho lo mismo con el tuyo de haber tenido la oportunidad.

La boca de él se explayó en una generosa sonrisa que tocó cada fibra de mi ser.

-Se te ve fenomenal-le dije finalmente-.No imaginas lo contenta que estoy de ver lo que has conseguido.

-Tú sigues tan bonita como siempre. No has cambiado mucho.

Fabrice dejó las dos cervezas sobre la mesa y se marchó.

-Sí que he cambiado-le advertí.

-¿Qué hacías en Bruselas?-cambió de tema.

-Trabajo.

-Entonces vives aquí en París. Regresaste.

-Así es-respondí sin querer entrar en muchos detalles, cosa que él captó enseguida.

-Supongo que tenemos que ponernos al día de muchas cosas-añadió.

Yo rehuí su mirada mientras me llevaba el vaso de cerveza a mis labios.

-No creo que hoy sea el momento adecuado.

Él esperó a que yo me dignara a volver a mirarlo. Y entonces dijo algo que no esperaba.

-Te equivocas, Charlotte. Hoy es el momento perfecto.

***

Yo me giré para coger el ejemplar de El acuerdo que había encontrado entre su equipaje y que tenía escondido bajo mi abrigo. Lo coloqué encima de la mesa donde ella pudiese verlo.

-En Bruselas no tuve oportunidad de dedicártelo-le dije.

Ella reaccionó con una extraña mezcla de felicidad y culpabilidad que yo no pude soportar por todos los sentimientos que su mera presencia estaban empezando a despertar en mí. Sabía que estaba nerviosa por como terminaron las cosas entre nosotros.

-Deja de pensar en lo que sucedió. Ha pasado mucho tiempo. Somos personas adultas.

-No quise hacerte daño, Henri.

Fue música para mis oídos volver a escucharla pronunciar mi nombre en voz alta.

-Muchas veces hacemos daño de forma inconsciente. Forma parte de la naturaleza del ser humano, de modo que olvídalo. No pienso vengarme ni nada parecido. Además, sé que devolviste los trescientos francos.

Logré arrancarle una sonrisa que pareció hacer desaparecer la tensión de su rostro. Esperé pacientemente a que leyese mi dedicatoria.

Para Charlotte, la mujer que sin saberlo hizo
de mi el hombre que soy.
Henri Benoit, París, 16 de febrero de 2007

***

Continuamos en el café Soufflot, charlando sobre los vaivenes de nuestras respectivas vidas hasta que nos quedamos a solas mientras Fabrice y el resto del personal deambulaban a nuestro alrededor canturreando a la vez que terminaban las tareas de limpieza previas al cierre del local sin presionar a su cliente de toda la vida y su nueva acompañante. No hizo falta hacer la pregunta porque ambos lo sabíamos. Los dos estábamos libres, sin ataduras, tal y como estuvimos dieciocho años atrás, con la diferencia de que por aquel entonces, tal y como había dicho Henri, no había sido el momento adecuado. Mientras reíamos recordando algunos sinsabores de nuestra época de estudiantes y de nuestros comienzos profesionales, ambos supimos que finalmente habíamos encontrado el momento perfecto en el mismo lugar en el que la imperfección de nuestras vidas nos había unido por primera vez.

Fin